Hombre solo en el mar

Pero al revés de todo lo que he hecho en mi vida, ahora no necesito justificar nada, explicar nada a nadie. Tengo 53 años y quiero probar. No lleva nada concreto. No lleva diario de aventuras. No lleva un plan preconcebido. Va a saber y a saberse. Va en una boya ideada por él y construida por el ingeniero naval inglés Colin Mudie, tiene por motor una especie de vela.


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Va a estar en el mar, a la deriva, como en una pecera donde él es el pez. El fondo de la boya donde va a vivir, es transparente. Ellos no me han impedido decir sus nombres.

Camina por el andén. Se acerca a las vías. El vagón traqueteaba meciendo su carga de reses humanas. La mañana de un día laborable.

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Multitudes en el metro, de camino a sus quehaceres. En ese vagón viajo yo, de vuelta a mis rutinas, tras unos días que no quise ir, viajar en metro. Estaba atrapado entre cuerpos verticales, sin poder moverme a penas. El aire viciado, reconcentrado de humores, me hacía sudar. Me dirigía a mis estudios de Bellas Artes. Las puertas se abrieron. Salió mucha gente, entre empujones. Entró mucha gente, entre empujones. El tren siguió su marcha. Yo sabía que ese día sería abierta de nievo.

Conocía esa estación, Había pasado una noche en ella.

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Quería volver a verla, pero no tenía intención de bajarme, mi parada era otra. Era sucio y gris. Entre las vías, por los recovecos, vi dos ratas. No sé qué otra cosa esperaba encontrar.

El tren se acercaba a la estación, se vislumbraba a lo lejos un círculo de luz. Cuando ya había entrando hasta la mitad de la estación frenó bruscamente. Varios pasajeros perdieron el equilibrio y cayeron, unos sobre otros. El tren estaba parado. Veíamos a los que esperaban en los andenes, sobresaltados, corriendo a un lado, donde la cabecera del tren, o simplemente mirando hacia allí. El tren estuvo parado mucho tiempo. La gente del interior del vagón se asomaba, hablaba, se quejaba. Un murmullo de voces, un zumbido persistente. De vez en cuando se veían policías corriendo de un lado a otro del andén.

Al fin, los altavoces. Alguien se había lanzado a las vías, al parecer. Un nuevo murmullo consternado recorrió el vagón, que había escuchado en silencio. Pasados unos cuantos minutos el tren avanzó hasta el final de la estación. Nos dejaría salir y volvería vacío, deshaciendo el trayecto. Y yo con ella. El enjambre humano se arracimaba en un punto concreto del andén, contenido por dos policías. Alargaban los cuellos, se ponían de puntillas, desviaban la mirada. Parece ser que el cuerpo había sido desplazado para que el tren pudiera avanzar.

También yo levanté la cabeza. Pero no vi nada. Desistí y seguí caminando, pero me detuve. Un barco de papel. Creía que todos los barcos se habían hundido. Pero allí estaba, superviviente de esa noche. Una vez en la calle, decidí ir andando hasta la universidad. No estaba demasiado lejos. Mi mano derecha palpaba el barquito, en el bolsillo de mi abrigo. Se apagaron las farolas y la calle se sumergió en la oscuridad.

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Me refugié bajo un portal en el mismo momento en que empezó a llover. Era una imagen absurda. Un paraguas sin dueño en un día de diluvio. Lo miré largo rato sin decidirme a ir por él. Al final, me decidí. Me quedé inmóvil durante unos segundos. Empecé a caminar, sin resguardarme bajo los portales.

Y pensé, mientras caminaba, en el paraguas.

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Porque, aunque lo hubiera cogido, no me habría protegido de la lluvia, pues ya estaba mojado al cogerlo. La lluvia me había calado en el breve trayecto que separaba el paraguas del portal. Y el paraguas nada podía hacer para evitarlo. De hecho, lo había provocado.


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Sentía una plenitud expectante, inquieta. Miré a mi alrededor. Me sentí diferente a las personas que veía, bajos sus paraguas. Diferente a las que se refugiaban bajo los portales. Ni mejor ni peor. Simplemente era un hombre que había decidido no usar paraguas. Era una clase de pintura. Tales solitarios disfuncionales no se reducen al voyou desouvrée en el que pensaba Kojéve.

SOLO UN HOMBRE DE MAR

Galende añade un componente de perdición. Esos fracasados sólo intiman o aducen, sin nombrar, sin acceso al nombre, el comunismo animal de la mirada en lo abierto.

Y esto es definido por Galende como política, o mejor: Dice Galende que la vida es ya sólo apariencia de mundo, hacerse visible. Pero eso es la política en su nueva figura, política transfigurada y política de la transfiguración:

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